domingo, 27 de abril de 2008

Ayaan Hirsi Alí (Extractos de "Infiel")

El testimonio de una mujer que se rebela contra el islam.

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(…) Empecé a rebelarme interiormente contra la tradicional subyugación de las mujeres. En aquellos días todavía llevaba el hiyab. Pensaba mucho en dios, en cómo ser buena a sus ojos y en la belleza de la obediencia y la sumisión. Traté de apaciguar mi alma hasta convertirme en un simple vehículo de la voluntad de Alá y de las palabras del Corán. Pero mi alma parecía empeñada a desviarse del “recto camino”.

Algo en mi interior siempre se había resistido a seguir los valores morales que subyacían en los sermones de mi religión: una diminuta chispa de independencia. Tal vez era una respuesta al abismo que mediaba entre el comportamiento estricto que exigen las sagradas escrituras y las realidades de la vida cotidiana, con sus giros y recodos. Incluso de niña no comprendía la flagrante injusticia de las normas, sobre todo en relación con las mujeres. ¿Cómo podía querer un dios justo –tan justo que en casi todas las páginas del Corán se alaba su identidad- que las mujeres fuesen tratadas tan injustamente? Si dios era clemente, ¿Por qué exigía que sus criaturas fueran ahorcadas en público? Si era compasivo, ¿Por qué los infieles tenían que ir al infierno? Si Alá era todopoderoso ¿Por qué no convertía a los infieles en fieles y había que todos fueran al paraíso?

En mi fuero interno me resistía a las enseñanzas y las transgredía en secreto. Igual que las otras chicas de mi clase, seguí leyendo novelas de amor y de misterio, a sabiendas que con ello me resistía a acatar al islam de forma absoluta. Leer novelas que me excitaban a transigir con lo único que una musulmana no debe permitirse nunca: tener deseo sexual fuera del matrimonio.

Una musulmana no debe desmandarse, ni sentirse libre, ni tener ninguna de las mociones y deseos que yo sentía cuando leía esos libros. Una muchacha musulmana no decide por sí misma ni trata de llevar el mando. Le han enseñado a ser dócil. Si eres musulmana, te desvaneces hasta que casi no queda nada tuyo dentro de ti. En el islam, convertirse en individuo no es un proceso necesario; muchas personas, sobre todo mujeres, jamás desarrollan una clara voluntad individual. Te sometes; ese es el significado literal de la palabra “islam”: SUMISIÓN.

No obstante, la chispa de voluntad que había en mi interior crecía incluso mientras estudiaba y practicaba la sumisión… Creo que lo que más me ayudó a salvarme de la sumisión fueron las novelas. Yo era joven, pero los primeros pasos pequeños y tímidos de mi rebelión ya se habían hecho notar. (…)

Sentía que todo pensamiento mío que no concordaba con el islam lo metía dentro de una “puertecilla” de mi mente y cerraba la llave, intentando no abrirla nunca. (…)

Una tarde, vi en la pantalla la banda de noticias de última hora, pensé que la CNN había desenterrado otro suceso sin importancia para propagarlo a bombo y platillo. Mientras seguía viendo la televisión, se estrelló el segundo avión contra una de las Torres Gemelas. La locutora afirmaba que tal vez no fuera un accidente, y que los dos impactos indicaban que podía tratarse de un atentado… cerré los ojos y pensé en somalí: “Oh, Alá, no permitas que los culpables sean musulmanes”. (…)

La CNN y Al Yasira empezaron a emitir videos de antiguas entrevistas con Osama Bin Laden. Meras justificaciones de la guerra contra EE.UU. que según él, encabezaban junto con los judíos una nueva cruzada contra el islam. Sentada junto a una preciosa casa de la pintoresca ciudad de Leiden, a mí todo eso me parecía rebuscado, como los delirios de un loco, pero las citas del Corán que pronunciaba Bin Laden me resonaban en el cerebro: “Cuando te encuentres con los infieles, córtales el cuello”, “Si no sales a luchas, dios te castigará severamente y pondrá a otros en tu lugar”, “Dondequiera que encuentres a los politeístas, mátalos, aprésalos, rodéalos, acéchales.”, “Tú que crees, no tomes por amigos a judíos y cristianos, sólo son aliados entre sí. Quienquiera que los tome por aliados se convertirá en uno de ellos”. Bin Laden citaba el hadiz: “La Hora (del juicio) no llegará hasta que los musulmanes combatan a los judíos y los maten”.

No quería hacerlo, pero me sentía obligada: tomé el Corán y el hadiz y empecé a hojearlos, para comprobar si era cierto. Odiaba hacerlo, porque sabía que encontraría las citas de Bin Laden y no quería poner en duda la palabra de dios. Peró tenía que preguntar: ¿Se derivaban los atentados del 11 de septiembre en la fe verdadera del verdadero islam?, Y si era así, ¿qué pensaba yo del islam?

Bin Laden decía “O estás con la cruzada o estás con el islam”, y yo sentía que el islam se hallaba en una crisis verdaderamente terrible en todo el mundo. ¿De verdad ningún musulmán podía seguir ignorando el choque entre la razón y nuestra religión? Durante siglos nos habíamos comportado como si el conocimiento estuviera en el Corán, negándonos a cuestionar nada, negándonos a progresar. Nos habíamos ocultado de la razón durante tanto tiempo porque éramos incapaces de afrontar la necesidad de integrarla en nuestras creencias. Y eso no funcionaba, sino que provocaba un dolor espantoso y una conducta monstruosa.

A los musulmanes se nos había enseñado a concebir la vida terrenal como una etapa, una prueba que precede a la vida real en el más allá. En esa prueba, lo ideal era que todo el mundo viviera del modo más parecido posible al de los seguidores del profeta. ¿Acaso eso no inhibía el esfuerzo por mejorar la vida cotidiana? ¿Estaba por tanto prohibida la innovación para los musulmanes? ¿Eran los derechos humanos, el progreso, los derechos de la mujer, ajenos al islam?

Al declarar infalible a nuestro profeta y no permitirnos dudar de él, los musulmanes habíamos establecido una tiranía estática. El profeta Mahoma había intentado regular todos los aspectos de la vida. Al adherirnos a sus reglas sobre lo que está permitido y lo que está prohibido, los musulmanes hemos suprimido la libertad de pensar por nosotros mismos y de actual según nuestras preferencias. Hemos fosilizado la perspectiva moral de miles de millones de personas con la mentalidad del desierto árabe propia del siglo VIII. No éramos solamente sirvientes de Alá, éramos esclavos.

La “puertecilla” que había en la trastienda de mi cerebro, donde guardaba mis pensamientos discordantes se abrió de golpe después del 11S, y se negaba a cerrarse de nuevo. Me descubrí pensando que el Corán no es un libro sagrado, sino un documento histórico escrito por seres humanos, una versión de los acontecimientos, la que percibieron los hombres que lo escribieron 150 años después de la muerte del profeta Mahoma. Una versión muy tribal y árabe de los hechos. Pregona una cultura brutal, fanatizada, obsesionada por controlar a las mujeres y ávida de guerra.

El profeta nos enseñó muchas cosas buenas. A mi me parecía espiritualmente atractivo creer en “el más allá”. Mi vida se enriquecía con las instrucciones del Corán de mostrar compasión y caridad con los demás. Hubo épocas en que yo, como muchos otros musulmanes, considerábamos demasiado complicado plantearnos la cuestión de la guerra contra los infieles. La mayoría de los musulmanes jamás profundizábamos en la teología, y rara vez leíamos el Corán; nos lo enseñan en árabe, una lengua que la mayoría de los musulmanes no habla. Por eso, casi todo el mundo piensa que el islam busca la paz. De esas personas sinceras y amables emana la falacia de que el islam es pacífico y tolerante.

Pero no podía ignorar el totalitarismo, el puro marco moral que es el islam. Regula todos los detalles de la vida y subyuga el libre albedrío. El islam un sistema confesional rígido y un marco moral, lleva a la crueldad. El acto inhumano de aquellos diecinueve secuestradores era el resultado lógico de un sistema detallado de regulación del comportamiento humano. Su mundo estaba dividido entre “nosotros” y “ellos”: si no aceptas el islam, sucumbirás.

Yo supongo, que podemos desvincularnos de los dogmas que llevan a la ignorancia y la opresión. Podríamos examinar nuestros dogmas a contraluz e infundir los valores del progreso en las tradiciones rígidas e inhumanas. Podríamos llegar a aceptar la expresión de la individualidad.

Para pensar de ese modo, por supuesto, tenía que creer que el Corán era relativo, es decir, no absoluto, no pronunciado por dios, sino otro libro más. También tenía que rechazar la idea del infierno, cuya perspectiva siniestra siempre me había atemorizado e impedido criticar al islam. Una noche estuve pensando: “Pero si esto es así, ¿Entonces qué es lo que sinceramente creo sobre dios?” (…)

En mayo de 2002 decidí irme de vacaciones, fui a Corfú, y me llevé un pequeño libro de tapas marrones, “El manifiesto ateo”, que Marco me había dado un día en el curso de una discusión. Cuando me lo dio sentí como si tratara de inculcarme su libro sagrado, como si yo le hubiera impuesto el Corán, y eso me repelió. Pero ahora quería leerlo. Quería llegar al fondo de esa cuestión. Mis preguntas eran tabú. De acuerdo con mi educación, si no era seguidora de dios, forzosamente lo era de Satán…

Leí el libro y me maravilló la claridad y el atrevimiento del auto. Pero en realidad no hacía falta, con sólo querer leerlo: eso ya significaba que yo dudaba, y lo sabía. Antes de haber leído cuatro páginas ya sabía mi respuesta: Había roto con dios hacía años, me había vuelto atea.

No tenía nadie a quién decírselo. Una noche en el hotel me miré al espejo y dije e voz alta: “No creo en dios”. Lo dije lentamente, articulando bien las palabras, en somalí. Me sentí aliviada. Me sentí bien, no hubo dolor, sino una gran claridad. El largo proceso de ver las fallas en la estructura de mi creencia y rodear de puntillas sus esquinas raídas había quedado atrás. Los ángeles que vigilaban sobre mis hombros, la tensión mental que sentía al mantener relaciones sexuales sin estar casada, al beber alcohol, al no observar ningún deber religioso, todo eso se lo había llevado el viento. La omnipresente perspectiva de abrasarme en el infierno desapareció y mi horizonte parecía más amplio. Dios, Satán, los ángeles: todo era producto de la imaginación. A partir de ahora podía pisar con firmeza el suelo que había bajo mis pies y orientarme con ayuda de mi razón y mi amor propio. Mi brújula moral estaba en mi interior y no en las páginas de un libro sagrado…

Los seres humanos están en el origen del bien y del mal, pensaba. Hemos de pensar por nosotros mismos; somos responsables de nosotros. Llegué a la conclusión de que no podía ser sincera con los demás si antes no lo era conmigo. No mentiría más, ni a mí ni a los otros, estaba harta de mentiras. Ya no tenía miedo al más allá.

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